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Twin Peaks, primera temporada

Un pueblo idílico, Twin Peaks. Pequeño, acogedor, rodeado de bosques y cataratas, de árboles y pájaros silvestres. Uno quisiera vivir o pasar largas temporadas de sosiego en Twin Peaks. Con esas vistas y esa paz.
David Lynch y Mark Frost crearon esa atmósfera y debajo le pusieron dinamita. Orquestaron en Twin Peaks un microcosmos irracional, brumoso y endogámico, con un miedo ancestral arraigado en la mente de los vecinos, y con todas las consecuencias conductuales de ese miedo. Como ya hizo Carpenter, los creadores de la serie hacen un retrato demoledor de la vida de pueblo. Generan una atmósfera particular, asfixiante, y un ritmo interno, quebrado, de vida de pueblo, que tiene sus pautas visuales en las tomas que se introducen entre escena y escena (árboles agitándose, semáforos en rojo, últimas horas de la tarde, la noche: todo es ominoso en esas estampas). Meten la cámara en un pueblo pequeño, donde el día a día transcurre sin mucho sobresalto, y recrean la vida de la gente que pr…

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